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El pastor David Jang (Olivet University) medita sobre la fe trinitaria y el consuelo del Espíritu Santo

Ante el icono «La Trinidad» de Andréi Rubliov, antes que las palabras, el corazón queda cautivado por el misterio de una comunión serena. Aquella escena, en la que la distinción mutua permanece dentro de un mismo amor, nos lleva a pensar que la fe no es únicamente la convicción privada de un individuo aislado, sino una vida que se manifiesta en las relaciones.

El sermón del pastor David Jang, fundador de Olivet University en Estados Unidos, no relega este misterio al ámbito cerrado de las abstracciones. En cambio, pregunta cómo la gracia de Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sostienen nuestra vida presente. La Trinidad no es una fórmula lejana y difícil de comprender, sino la historia de la salvación mediante la cual Dios se ha acercado al ser humano.

Cuando el Dios inaccesible se acerca en Cristo

El ser humano vive dentro del tiempo y no puede atravesar por sus propias fuerzas la frontera de la muerte, mientras que Dios habita en la eternidad. Esta distancia es un abismo que no podemos cruzar por nosotros mismos, por muy alta que levantemos la escalera del pensamiento. Podemos intuir la existencia del Creador, pero la razón por sí sola no puede descubrir plenamente quién es él ni qué ama. Por eso, la primera palabra que sostiene este sermón no es el descubrimiento humano, sino la «revelación» de Dios.

Dios no se limitó a enviarnos respuestas correctas desde la distancia, sino que vino hasta nosotros en Jesucristo. Por medio de las palabras y la vida del Hijo encarnado, de su amor y su cruz, de su muerte y su resurrección, el corazón de Dios se hizo visible dentro de la historia.

Por esta razón, en la bendición de 2 Corintios 13:14 se proclama en primer lugar «la gracia del Señor Jesucristo». Jesucristo no es uno más entre varios caminos que explican a Dios. él es la puerta de la revelación por medio de la cual Dios mismo se ha dado a conocer al ser humano finito.

En Juan 14, cuando la sombra de la muerte ya se acercaba, Jesús habló a sus discípulos acerca de la casa del Padre y del lugar que iba a preparar para ellos. Aquella promesa no era una palabra de consuelo indefinida, sino el fundamento de una esperanza que sería confirmada mediante su resurrección y ascensión.

Aunque la muerte parezca la última puerta que lo cierra todo, en Cristo se abre más allá de ella un camino hacia la casa del Padre. La fe no es un optimismo que niega la muerte, sino la decisión de confiar en Aquel que la atravesó y la venció.

Vista desde esta perspectiva, la Trinidad no es un enigma teológico que deba resolverse descomponiendo un concepto complejo. Es el movimiento de la salvación en el que el Padre actúa mediante la creación y la providencia, el Hijo se reviste de carne y entra en el sufrimiento y la muerte de la humanidad, y el Espíritu Santo habita en la Iglesia y en los creyentes, haciendo viva la palabra de Cristo.

Antes que un rompecabezas para la inteligencia, la Trinidad es la manera amorosa en que Dios ha venido a buscarnos.

El Espíritu Santo, el Consolador, que viene en la noche de la angustia

Cuando Jesús dijo: «No se turbe vuestro corazón», no se encontraba en un momento de tranquilidad, alejado del sufrimiento. El hecho de que Aquel que estaba a punto de enfrentarse a la cruz consolara a los discípulos que quedarían atrás revela la paradoja del amor del Evangelio.

En el centro de aquel consuelo se encontraba la promesa de que «otro Consolador» permanecería con ellos para siempre. La partida de Jesús no significaba abandono, y el hecho de que dejara de ser visible no marcaba el comienzo de su ausencia.

El pastor David Jang explica la obra del Espíritu Santo como la acción de recordar y enseñar las palabras de Jesús, establecer la comunión entre Dios y los creyentes, y consolar y defender a quienes son débiles. El consuelo del Espíritu Santo no es un calmante emocional que nos hace olvidar la realidad. Es la gracia que infunde fuerzas en lo profundo del corazón, para que quien se encuentra oprimido por el temor pueda volver a aferrarse a la Palabra y seguir caminando.

Por eso, la presencia del Consolador no solamente toca el interior de una persona. También la conduce hacia nuevas relaciones y responsabilidades.

Una de las preocupaciones que más tiempo aprisiona al ser humano es la ansiedad de no saber qué sucederá en el futuro. Cuando desconocemos lo que hay después de la muerte y tampoco encontramos una salida para los problemas del presente, el corazón se estremece incluso ante la posibilidad más pequeña.

Sin embargo, la promesa de que Cristo venció la muerte y de que el Espíritu Santo habita en nosotros no se limita a calmar la superficie de la ansiedad. Alcanza la raíz misma del temor. Aunque no podamos explicar todo lo que sucederá mañana, la certeza de que Alguien permanece con nosotros produce la paz de la fe.

El derramamiento del Espíritu Santo en Hechos 2 es precisamente el momento en que esta promesa comienza a manifestarse dentro de la historia de la comunidad. El Espíritu de Dios, que antes venía sobre determinadas personas, es derramado sobre todos los que creen, y la puerta de la salvación se abre para todo aquel que invoca el nombre del Señor.

La era del Espíritu Santo no es simplemente una época en la que se haya extendido una experiencia religiosa reservada a personas excepcionales. Es el tiempo en que cada creyente es llamado a participar de la vida y de la misión de Cristo. El Espíritu Santo no solamente hace recordar la Palabra pronunciada en el pasado, sino que abre el futuro en el que la Iglesia de hoy está llamada a vivir el Evangelio.

Cuando la comunión del Evangelio derriba los muros

La comunión del Espíritu Santo no se detiene en la relación entre Dios y el individuo. En Cristo, vuelve a unir a unas personas con otras, derriba los muros levantados por la discriminación y la hostilidad, y abre la posibilidad de reconciliación en las relaciones endurecidas por las heridas.

Por consiguiente, la plenitud del Espíritu Santo no puede medirse únicamente por la intensidad de las emociones personales. Su fruto se manifiesta en una comunidad que acoge a los demás, en una Iglesia que ofrece un lugar a quienes sufren y en una vida que demuestra la verdad del Evangelio mediante la generosidad y el compartir.

El avivamiento de la Iglesia al que se refiere este sermón tampoco se limita al aumento del número de personas o a la multiplicación de programas. El avivamiento comienza cuando el Espíritu Santo mueve el corazón de las personas al arrepentimiento, las lleva a entregarse a Jesucristo y transforma la desesperación en esperanza.

Sus evidencias aparecen cuando un alma semejante a huesos secos vuelve a levantarse, cuando una relación quebrada es restaurada y cuando unas manos antes indiferentes se abren para ayudar al prójimo. El camino para que la Iglesia sea verdaderamente Iglesia no consiste solamente en hablar del poder del Espíritu Santo, sino en obedecer ese poder y convertir el amor en acciones concretas.

La forma en que la Iglesia primitiva atendía las necesidades de los demás y compartía sus bienes muestra cómo la comunión del Espíritu Santo transforma la estructura misma de la vida. El consuelo recibido durante el culto debe extenderse al lugar de trabajo, a la familia y a la comunidad local. Debe alcanzar la realidad de nuestros vecinos mediante el servicio, la ayuda, la hospitalidad y el cuidado.

El hecho de que el mal y la injusticia sigan presentes en el mundo no es una razón para que la Iglesia se desespere. Por el contrario, hace todavía más clara su vocación de manifestar el amor y la justicia.

El consuelo del Espíritu Santo no nos hace escondernos de la realidad, sino que nos envía nuevamente al lugar donde debemos practicar el amor.

Los sueños y las visiones que concede el Espíritu Santo tampoco constituyen una forma de evasión que ignora la realidad. El sermón recuerda los sueños de José para mostrar que el futuro otorgado por Dios no desapareció, ni siquiera en medio de la traición y del sufrimiento.

La persona que ha recibido al Espíritu Santo no acepta la oscuridad presente como la realidad definitiva. Precisamente porque contempla el mundo nuevo que Dios hará surgir, no abandona los pequeños actos de obediencia y servicio que debe realizar hoy.

La fe trinitaria se confiesa mediante la vida cotidiana

En la meditación bíblica del pastor David Jang, la Trinidad no es una doctrina que pueda recitarse durante el culto y olvidarse después en la vida diaria. El amor del Padre, la gracia del Hijo y la comunión del Espíritu Santo no son tres fragmentos separados de la fe. Constituyen la única obra del Dios uno, que nos crea, nos salva y nos sostiene hasta el final.

Esta confesión debe conducirnos a confiar en el amor de Dios, que nos sostiene incluso más allá de la muerte, y a seguir la dirección del Espíritu Santo, que actúa en nosotros en el presente.

Las palabras de la bendición no son una fórmula habitual para finalizar el culto. Son el orden del Evangelio que define la vida del creyente cuando regresa al mundo. Quien ha recibido la gracia de Cristo renuncia a confiar en sus propios méritos. Quien permanece en el amor de Dios no interpreta el futuro únicamente desde el temor. Quien disfruta de la comunión del Espíritu Santo no convierte el aislamiento en una zona segura para su fe.

La gracia nos acoge dentro del amor, y el amor fluye hacia el prójimo por medio de la comunión. Cuando este movimiento no se detiene, la Iglesia manifiesta en medio del mundo, de una manera serena pero inequívoca, el reinado de Dios.

La alegría de Pentecostés no consiste en recordar con nostalgia un fervor experimentado en otro tiempo. Se encuentra en una vida perseverante que anhela diariamente al Espíritu Santo, medita en la Palabra, invoca el nombre del Señor aun en medio de la angustia y acerca el consuelo recibido a las heridas de otras personas.

Cuando la fe trinitaria se conserva solamente en la mente, permanece como un misterio. Pero cuando se vive mediante el amor y la obediencia, se manifiesta como la vida del Evangelio. Es una esperanza que restaura a las personas, edifica la comunidad y envía nuevamente a la Iglesia al mundo.

Por eso, el curso de este mensaje no nos pregunta principalmente con cuánta precisión somos capaces de explicar una doctrina difícil. Nos pregunta qué clase de vida está produciendo hoy ese Dios dentro de nosotros.

¿Creo en el amor de Dios revelado en Cristo y, a pesar de ello, continúo dominado por el temor? ¿Pido el consuelo del Espíritu Santo mientras mantengo cerrado mi corazón ante el prójimo con quien debería compartir ese consuelo?

¿Mi fe de hoy se limita a hablar de la Trinidad, o estoy viviendo realmente el amor del Dios trino?

davidjang.org